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reflexión

Chile se queda sin jóvenes mientras la IA empuja a los mayores a trabajar por su cuenta

Cristian Labarca
Chile se queda sin jóvenes mientras la IA empuja a los mayores a trabajar por su cuenta

En 2025, Chile bajó por primera vez de un hijo por mujer. La tasa global de fecundidad quedó en 0,99.

Ese mismo año, buena parte de la conversación empresarial sobre IA giró alrededor de otra cifra: cuántas personas menos necesita una empresa para sostener la misma operación.

Las dos conversaciones corren por carriles separados. Conviene cruzarlas. Un país con cada vez menos jóvenes, sumado a empresas decididas a operar con menos personas, arma una combinación extraña: falta de trabajadores y, al mismo tiempo, gente con experiencia empujada fuera de sus empleos.

Este texto junta ambas piezas con ayuda de tres libros publicados entre 2018 y 2024. Cada uno mira el problema desde un ángulo distinto: la tecnología, el poder y la longevidad.

Chile cruza su umbral demográfico en 2028

El INE informó en mayo de 2026 la cifra de fecundidad: entre 1993 y 2025 la tasa global cayó 59,4% y quedó en 0,99 hijos por mujer. El nivel de reemplazo generacional está en 2,1.

El Censo 2024 mostró la otra cara. Por cada 100 personas de 14 años o menos hay 79 de 65 años o más. En 1992 eran 22,3.

Mucha gente habla del efecto 2030. Las proyecciones del INE sobre la base del Censo 2024 adelantan el cruce. Desde 2028 habrá más personas mayores de 64 años que menores de 15, y ese mismo año las defunciones superarán a los nacimientos. Hacia 2045, la población de 65 años o más triplicaría a la de menores de 15.

El dato más relevante para una empresa viene después. En 2035 empieza a descender la población en edad de trabajar, entre 15 y 64 años.

La fuerza laboral de Chile deja de renovarse desde abajo. Cada generación en edad de trabajar será más chica que la anterior.

La IA empuja el trabajo hacia dos extremos

Mi lectura del mercado laboral de los próximos años: grandes corporaciones por un lado, pymes y trabajadores independientes por el otro. Al medio, empresas medianas cada vez más escasas en empleo.

Ojo con el matiz. La mediana empresa sigue existiendo en facturación. La IA le permite crecer en ingresos sin crecer en personas. El medio se vacía de puestos de trabajo, y esa diferencia pesa en la vida de la gente.

Quien queda fuera de esas estructuras emprende. A veces por convicción. Muchas veces por descarte.

La IA acelera una tendencia anterior. Las boletas de honorarios, la externalización y las aplicaciones de reparto llevaban años trasladando riesgo desde la empresa hacia la persona. Lo nuevo está en la escala y en el tipo de trabajo afectado: tareas profesionales, de oficina, con título universitario de por medio.

El costo de ese traslado ya aparece en las cifras. Según el último boletín de informalidad del INE, entre abril y junio de 2026 la tasa de ocupación informal llegó a 27,0%, con 2.537.804 personas. Para el INE, ocupación informal significa trabajar sin acceso a seguridad social: salud y AFP.

Entre quienes trabajan por cuenta propia, la informalidad alcanza 64,3%. En doce meses, las personas ocupadas informales crecieron 4,7%, mientras el empleo total avanzó 0,9%. Uno de los tramos de edad con mayor alza fue el de 65 años y más, con 10,4%.

Tres generaciones compiten por el mismo cliente

Por primera vez, Gen X, millennials y Gen Z hacen el mismo trabajo, con las mismas herramientas, frente al mismo cliente.

Llegan desde lugares opuestos. Los jóvenes egresan con la idea de emprender desde el primer día, con fluidez digital y pocas redes. Los mayores de 50 salen de sus empresas con redes y criterio, y encuentran en el emprendimiento la única puerta abierta.

Nací en 1981, el primer año millennial. Llevo más de 20 años en diseño y tecnología y me he reinventado varias veces. Conozco ambos lados de esa competencia.

Tres libros recientes anticipan este cuadro

Yuval Noah Harari advierte sobre la irrelevancia

En 21 lecciones para el siglo XXI (2018), el historiador israelí dedica un capítulo al trabajo con un título directo: "Cuando te hagas mayor, puede que no tengas empleo". Su tesis: la IA hará con las tareas cognitivas lo mismo hecho por las máquinas con las tareas físicas, y dejará a millones de personas fuera del mercado laboral. Harari llama a ese grupo la "clase inútil". Para él, la irrelevancia supera en dureza a la explotación.

Ocho años después, la clase inútil sigue ausente de las estadísticas chilenas. Lo visible es otra cosa: más gente trabajando, pero sin protección. La advertencia de Harari funciona mejor como pregunta de diseño para empresas y gobiernos.

Daron Acemoglu y Simon Johnson ponen la dirección de la tecnología en manos humanas

En Poder y progreso (2023), los economistas del MIT, premiados con el Nobel de Economía en 2024, revisan mil años de cambio tecnológico. Su conclusión: el progreso depende de decisiones. Según su argumento, la tecnología actual está cargada hacia la automatización, crea pocas oportunidades nuevas para los trabajadores y debería complementarlos en vez de marginarlos.

Para un gerente, la distinción es operativa. Automatizar para recortar costos y automatizar para darle más capacidad a una persona usan la misma herramienta. Producen empresas distintas.

Andrew J. Scott propone una vida laboral de varias etapas

En The Longevity Imperative (2024), el economista de la London Business School sostiene una idea simple: el desafío de fondo es preparar a jóvenes y adultos para vidas largas, productivas y saludables. En una entrevista con su escuela, describe una vida de varias etapas: empezar a trabajar más tarde, tomar pausas a mitad de carrera, trabajar jornada parcial antes del retiro.

La lectura para Chile es directa. Con menos jóvenes cada año, las empresas necesitarán personas de 60 y 65 años trabajando. La pregunta es en qué condiciones: con contrato y funciones diseñadas para su experiencia, o por cuenta propia y sin cotizaciones.

La experiencia pasa a ser el recurso escaso

Juntos, los datos del INE y estos tres libros dejan una conclusión incómoda para cualquier gerente.

En un país con menos jóvenes cada año, despedir a la persona de 55 años para reemplazarla con un sistema de IA tiene un costo oculto. Esa persona sabe por qué el proceso funciona así, cuáles clientes piden excepciones, dónde falló el intento anterior. Ese conocimiento vive en su cabeza, en sus correos y en sus conversaciones. Rara vez en un documento.

El conocimiento interno sale por la puerta junto con la persona. Y el reemplazo generacional para recuperarlo ya no existe.

La misma tecnología sirve para el camino contrario. Un sistema de IA bien diseñado captura ese criterio, lo ordena y lo pone a disposición de todo el equipo, incluidos los más jóvenes. La IA asiste la decisión de la persona con experiencia y la multiplica.

Cuatro decisiones para tomar antes de la próxima reestructuración:

  • Mapea quién sabe qué. Antes de recortar un cargo, identifica cuál conocimiento depende de esa persona.
  • Documenta el criterio junto con el procedimiento. El paso a paso se reconstruye. La razón detrás de cada excepción, casi nunca.
  • Diseña roles para la experiencia. Supervisar, corregir y enseñar a un sistema de IA exige criterio, justo el recurso escaso.
  • Calcula el costo completo de pasar personas a honorarios. En un país envejecido, la pensión insuficiente de hoy vuelve mañana como carga fiscal y como demanda de cuidados.

La demografía ya fijó cuántas personas van a trabajar en Chile en 2035. Esa variable dejó de estar en tus manos.

La variable pendiente es otra: si tu empresa usa la IA para prescindir de la experiencia o para multiplicarla. Esa decisión la tomas tú.

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