
Tenía 12 años cuando se echó a perder el VHS de la casa. Sin VHS no había entretención.
Mi papá pasaba los 30 y gozaba con el cine de acción y con la tecnología. Era mi referente en todo lo que me gustaba: Van Damme, la ciencia ficción, Star Wars las veces que hiciera falta. Nunca se lo dije, pero su entusiasmo por los hobbies me marcó. Tener algo que te saque de la pega es una idea que sigo admirando.
Investigó con los medios de la época cuál era el reemplazo digno y volvió con un Sharp de última generación. En el Chile de los 90, que recién se abría al mundo, con IRT en las casas y Sony como aspiración, Sharp era la alternativa japonesa accesible.
Lo sacamos de la caja. Era la mitad de alto que el anterior. La sorpresa venía aparte: el control remoto. Gigante en mis manos de niño. Cincuenta y dos botones, porque también manejaba la tele y el equipo de música. Nunca había tenido una pieza de tecnología así en las manos.
Lo que no vi en ese momento fue la cara de mi papá. Estaba contento con la compra, pero miró el control, hojeó un manual de cientos de páginas y me lo pasó con una frase: "no sé cómo usar esta huea".
El día que el control cambió de manos
Para él fue un comentario al pasar. Para mí fue un hecho canónico. Desde ese día yo ponía las películas, explicaba las funciones y era el único de la casa que sabía usar el aparato. A los 12 me convertí en el soporte técnico de mi familia y mi papá dejó de ser el referente en el tema que más nos unía.
Nunca hablamos de eso. Pero llevo más de 30 años viviendo con lo que llamo el miedo al control remoto: quedar del otro lado. Mirar un avance con ganas de aprenderlo y sentir que ya me superó. Pedir ayuda para algo que antes hacía sin pensar.
Mi hijo mayor tiene 16 y hasta ahora voy bien. Todavía farmeo aura, como dice él: trabajo en internet, armo cosas con IA y entiendo los memes que me manda. Siento que el control sigue en mis manos. Pero cada semana llega una IA nueva con más botones y me pregunto en qué momento las ganas de aprender se transforman en frustración.
Lo que le pasó a mi papá le está pasando a un país
Lo veo en los adultos mayores de Chile. No es que no quieran aprender. Es que la sociedad los dejó fuera y nadie diseñó el sistema pensando en ellos. Ya no entienden la tele. No saben pagar cuentas, entrar al banco ni cargar la Bip. Cada trámite que se digitalizó sin alternativa los empujó un paso más afuera. Fue el daño colateral de convertirnos en un país digital.
Y la paradoja es demográfica. Según las proyecciones del INE publicadas en enero de 2026, desde 2028 en Chile va a haber más personas mayores de 64 años que menores de 15. Hacia 2045 los mayores triplicarán a los niños. Estamos digitalizando el país a espaldas del grupo que más va a crecer.
Ya no es un tema de entretención
Saber usar el control remoto en los 90 significaba ver una película. Hoy significa existir en la sociedad. Y en mi caso, generar ingresos. Vivo de diseñar sistemas de IA para empresas. Si un día miro una herramienta y digo lo mismo que dijo mi papá, no pierdo una película. Pierdo el negocio.
Una coach me dijo una vez que su mayor miedo era llegar a vieja y ser pobre. No una cosa o la otra. Las dos juntas. Hablaba de algo que en Chile pasa a la vista de todos: gente que trabajó toda su vida y que al jubilar baja de estrato, porque la pensión no alcanza para sostener lo que construyó. Envejecer y perder al mismo tiempo.
El control remoto es la forma en que eso ocurre. Primero pierdes la herramienta, después el ingreso, después el lugar. Esa frase se me juntó con la del VHS y desde entonces hay noches en que no duermo.
Qué hago con esto
No tengo una respuesta cerrada. Tengo tres cosas que me han funcionado y que escribo acá más para mí que para ti.
Mi papá sabía qué quería. Yo sabía qué botón apretar. Son dos habilidades distintas y la segunda envejece más rápido. Con el VHS ganaba el que dominaba el aparato. Con la IA la ventaja se está dando vuelta: gana el que sabe con precisión qué quiere que la máquina haga. Los botones cambian cada mes. El criterio para saber qué pedirle no. Mi papá tenía el criterio y le faltó paciencia con el manual. Ese es el error que no quiero repetir.
Lo segundo es aceptar que el miedo no se cura aprendiendo más rápido. Nadie le gana a un control de 52 botones a punta de memorizarlos. Mi papá lo intentó con el manual y perdió en la primera página. Se le gana entendiendo para qué sirve el aparato, qué entra, qué sale y qué parte de todo eso te importa a ti. El resto de los botones no existe.
Lo tercero es no aislarme. La exclusión de los mayores no ocurrió porque fueran incapaces. Ocurrió porque nadie se sentó con ellos a pasarles el control. Yo tuve suerte: a los 12 alguien me lo pasó, aunque fuera por frustración. Con mi hijo estoy tratando de que sea al revés. Que el traspaso no ocurra por rendición sino por elección, y que yo siga al lado cuando él ponga la película.
El control remoto va a cambiar de manos de todas formas. Lo que sigue en juego es cómo. O esperas a que un manual de cientos de páginas te derrote en el living, o decides hoy qué quieres que haga la máquina y aprendes lo justo para pedírselo. Mi papá no lo eligió. Yo estoy intentando elegirlo.


