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reflexión

Por qué todos usan IA y casi nadie sabe usarla

Cristian Labarca
Por qué todos usan IA y casi nadie sabe usarla

Ayer di una charla en un colegio, a estudiantes de segundo medio. Llevo tres años enseñando IA a empresas y universidades, pero era la primera vez frente a una sala de adolescentes. Las preguntas me descolocaron. ¿Por qué la IA usa agua? ¿Hay diferencias entre la IA de pago y la gratis?

Preguntas válidas. Honestas. Y reveladoras. Porque mientras la industria discute agentes autónomos, protocolos de contexto y sistemas capaces de operar flujos completos de trabajo, una generación con un teléfono en la mano desde los cinco años todavía resuelve lo básico: qué es esto, cuánto cuesta, por qué consume recursos.

Ese desajuste no es anecdótico. Es la historia central de la IA en agosto de 2026.

Después de tres años viendo el mismo patrón en aulas y directorios, la conclusión se repite: existe una brecha entre lo que la IA hace y lo que el usuario cree que hace. Lo preocupante no es la brecha. Es que crece. Cada nuevo salto de capacidad se acumula sobre conceptos anteriores, y quien no entendió el peldaño previo queda dos escalones más abajo, no uno.

Los agentes existen. Casi nadie los usa.

El dato más elocuente del año lo publicó Maxwell Zeff en Wired a inicios de agosto. OpenAI reportó cerca de 10 millones de usuarios semanales entre sus agentes Codex y ChatGPT Work. Fuentes cercanas a Anthropic hablan de cifras similares para Claude Code y Cowork. Los chatbots de propósito general, como ChatGPT y Gemini, rondan en cambio los mil millones de usuarios activos mensuales cada uno. Frente a esa masa, escribe Zeff, los agentes son un error de redondeo.

La discusión la encendió Josh Miller, CEO de The Browser Company, con un post viral en X: le parece una locura la distancia entre una tecnología lista para transformar cómo trabajamos y un público general al que el tema no le interesa en absoluto. Fuera de los círculos técnicos, dice, no ha escuchado a una sola persona hablar de un agente en su vida diaria.

La lectura fácil es culpar al usuario. Miller propone otra, incómoda para su propia industria: nadie quiere agentes porque, en sus palabras, "los agentes de IA no son una cosa en sí misma". Son un marco inventado por el sector para nombrar una tecnología. Su ejemplo lo prueba. La función más usada en la historia de Dia, su navegador con IA, es un resumen matinal: al abrir el laptop, el usuario recibe un saludo, su lista de pendientes armada desde el calendario y el correo, y algún detalle pensado para alegrar el día. Detrás opera un agente. El usuario no lo sabe y no necesita saberlo.

Zeff agrega el diagnóstico de fondo: las empresas de IA lanzan lo más impresionante de sus modelos, como navegar un sitio o escribir código, en vez de diseñar a partir de lo que el cliente necesita. Capacidades que hoy se sienten como demos. Miller lo atribuye al pensamiento de grupo. Cuando negociaba la venta de su empresa se reunió con los líderes de los principales laboratorios, y casi todos citaron la película Her para describir su visión. Una industria entera persiguiendo la misma fantasía de ciencia ficción, con poca diversidad de convicciones sobre qué construir.

Acá conviene separar responsabilidades. La industria construyó capacidades para las que el mercado no tiene modelos mentales, y las empaquetó como tecnología en vez de producto. Un agente exige entender delegación, contexto y verificación de resultados. Nada de eso se aprende chateando. Y chatear es lo único a lo que llegó la mayoría. La brecha tiene dos autores: usuarios sin escalera y una industria sin producto.

Usuarios: la escalera tiene peldaños vacíos

El Anthropic Economic Index aporta la evidencia dura de esta escalera. Su reporte de abril de 2026 encontró una diferencia significativa entre usuarios con experiencia y recién llegados: los primeros logran automatizar tareas con éxito a tasas mucho mayores. La distancia entre ambos grupos se está ampliando, no cerrando.

Traduzcámoslo a la práctica. Hoy conviven al menos cuatro niveles de usuario:

  • Quien le hace preguntas al chatbot como si fuera un buscador con buena redacción.
  • Quien mantiene conversaciones de trabajo: itera, corrige, pide formatos.
  • Quien delega tareas completas a un agente y revisa el resultado.
  • Quien diseña sistemas donde varios agentes operan procesos con supervisión humana.

Cada nivel multiplica el valor del anterior. Y cada nivel exige conceptos nuevos: qué es el contexto, qué es una herramienta conectada, cómo se verifica un output, cuándo confiar y cuándo no. El problema es la distribución: la masa está en el primer nivel, los beneficios están en el tercero y cuarto, y nadie construyó la escalera intermedia. Los cursos enseñan prompts. Los productos lanzan agentes. En el medio, vacío.

Las preguntas del colegio calzan acá. Preguntar por el agua o por la diferencia entre gratis y pago no es ignorancia: es el nivel cero de una alfabetización que el sistema educativo y la industria dieron por resuelta. No lo está.

Empresas: todos adoptaron, casi nadie escaló

Del lado corporativo la foto engaña si se mira rápido. El Ramp AI Index, que mide facturación real de IA en más de 50 mil empresas estadounidenses, muestra la adopción de pago sobre el 50% desde marzo de 2026, quince puntos más en un año. Pagar por IA dejó de ser señal de vanguardia. Es la norma.

Chile sigue la misma curva de superficie. El estudio de Entel Digital junto al Centro Nacional de Inteligencia Artificial (CENIA) reporta más del 80% de las grandes empresas y cerca del 70% de las pymes con IA integrada en algún grado. El titular suena a misión cumplida.

Ahora los otros números. MAS Analytics encuestó a 166 ejecutivos chilenos: apenas el 3,6% de las organizaciones ha escalado iniciativas de IA de forma transversal y con retornos medibles. SONDA midió uso activo en el 15,8% de las compañías, y PwC Chile encontró integración total de procesos en el 5%.

Entonces, ¿80% o 3,6%? Ambos. El 80% compró licencias, corrió pilotos, armó comités. El 3,6% cambió cómo opera. La distancia entre esos dos números es la misma brecha del colegio, versión corporativa: acceso masivo, comprensión escasa.

La barrera de adopción es organizacional, no tecnológica. El propio estudio de MAS Analytics lo confirma: el factor número uno para acelerar la adopción es la cultura organizacional y la gestión del cambio, mencionado por el 42,5% de los ejecutivos. El compromiso del liderazgo viene segundo con 33,8%. La tecnología ni aparece en el podio. Ya funciona. Lo que falla es todo lo que la rodea: procesos desordenados, conocimiento atrapado en personas, equipos sin criterio para delegar en un sistema.

Por qué la brecha crece en vez de cerrarse

Tres dinámicas se refuerzan entre sí.

1. El ritmo de los modelos supera el ritmo del aprendizaje

Los laboratorios lanzan capacidades nuevas cada trimestre. Una persona necesita meses de uso deliberado para incorporar un concepto como delegación agéntica. La curva de la tecnología es exponencial, la del aprendizaje humano es lineal. Cuando las curvas divergen, la distancia entre ellas no se estabiliza: se agranda cada mes.

2. El discurso público habla del futuro, no del presente

Titulares sobre superinteligencia, reemplazo laboral y consumo de agua dominan la conversación. Son debates legítimos, pero desplazan la pregunta operativa: qué hace esta tecnología hoy y cómo se usa bien. El resultado es gente con opiniones fuertes sobre la IA de 2030 y cero práctica con la de 2026.

3. Los primeros beneficiados aceleran, el resto observa

El hallazgo del Economic Index sobre usuarios expertos versus novatos aplica también entre empresas. Quien ya ordenó procesos y adoptó sistemas compone ventajas: cada mejora de los modelos le rinde de inmediato. Quien mira desde afuera recibe cada lanzamiento como más ruido. La ventaja compuesta es silenciosa hasta que se vuelve irremontable.

Qué hacer con esto

Para personas, tres movimientos concretos:

  • Dominar la conversación antes de saltar al agente. Iterar, corregir, pedir formatos, cuestionar respuestas. Es el peldaño uno y la mayoría no lo completó.
  • Aprender a delegar, no a preguntar. Delegar exige describir el resultado esperado, entregar contexto y definir cómo se verifica. Es una habilidad de gestión, no de tecnología.
  • Profundidad sobre cantidad. Una herramienta bien dominada rinde más que diez probadas por encima.

Para empresas, el orden importa más que la velocidad:

  • Alfabetización antes que licencias. Comprar cuentas para un equipo sin criterio de uso produce el 80% de adopción declarada y el 3,6% de impacto real.
  • Proceso antes que automatización. Implementar IA sobre procesos desordenados acelera el desorden. Primero diagnóstico, después sistema.
  • Medir adopción real, no compras. Uso semanal por persona, horas recuperadas, errores reducidos. Las licencias activas son una métrica de vanidad.

Y una lección transversal desde el propio artículo de Wired: los equipos no adoptan tecnología, adoptan soluciones a problemas concretos. El resumen matinal de Dia funciona porque resuelve el inicio del día, no porque diga agente en la etiqueta. Adentro de una empresa aplica igual. Presenta la IA como resultado operativo, con nombre de problema resuelto, y la adopción deja de ser una batalla.

El estado actual, en una frase

Agosto de 2026: la tecnología dejó de ser el cuello de botella. La comprensión lo es. Los modelos ya hacen más de lo que la mayoría de sus usuarios sabe pedirles, y esa distancia crece cada trimestre.

Los estudiantes del colegio no van a competir contra la IA. Van a competir contra personas de su misma generación con tres años de ventaja en saber usarla. Lo mismo aplica a tu empresa: tu competencia no es el modelo de turno, es la organización del frente que ya aprendió a operarlo.

La pregunta no es qué hará la IA el próximo año. Es si tú y tu equipo entienden lo que ya hace hoy.

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