
Me echaron dos veces en tres años, a los 39 y a los 41. A los 45 recién me siento realizado.
Soy un privilegiado y lo asumo a diario. Miro de dónde vengo y dónde estoy, y la cuenta me da a favor. Con eso por delante escribo todo lo demás.
Hay algo que marcó mi forma de hacer la pega: la curiosidad por aprender lo nuevo. Me tocó una vida laboral atravesada por los cambios de la tecnología y por lo que esos cambios le hacen a la sociedad. Saber que estaba viviendo un período de cambio me empujaba a buscar hasta dónde llegaba mi trabajo.
Antes de los 30 participé en un emprendimiento exitoso y no me creía emprendedor. Antes de los 40 tenía una carrera internacional, dirigía equipos grandes y clientes importantes, pero no estaba tranquilo.
Le debo a la publicidad mi estabilidad económica y casi todo lo que aprendí como ejecutivo. Siempre quise trabajar en la industria creativa y ahí hice carrera. Me gustó, lo disfruté, lo pasé bien y estoy agradecido de las agencias por las que pasé.
Lo que me frustró fue otra cosa. Vi mucha gente trabajando para su portafolio. El cliente pasaba a ser el instrumento que financiaba la operación, mientras la motivación real estaba en los premios de la industria y en el reconocimiento de los pares. Se vivía en una frustración permanente. Para mí el propósito y el cliente no van separados, y esa distancia terminó cansándome.
Tenerlo todo y no estar bien
Más allá de lo económico, no estaba contento con lo que hacía. Cuando la rutina se volvió costumbre y dejé de aprender, sentí una desmotivación profunda por mi trabajo. Era injusto para mi equipo y para mis empleadores.
Vinieron mis primeras crisis de pánico, por miedo a no saber qué hacer y por la fragilidad de perder lo que había construido para mi familia.
No sabía qué quería. Lo tenía todo, estaba donde quería estar, y al mismo tiempo sentía un vacío. ¿Acaso crisis de los cuarenta?
El 2020 ya venía mal en la agencia, y renunciar en plena pandemia no era una opción porque nadie sabía qué iba a pasar. Mis jefes tomaron la decisión antes que yo y negociamos una buena salida. Cinco años ahí.
Justo se abrió una oportunidad y estuve técnicamente tres días sin trabajo. El sueldo nuevo era la mitad del anterior. Era un trabajo que me gustaba mucho, pero ahí no valoraron lo que hacía, así que me fui apenas pude. Después vino otro proyecto grande que tampoco resultó.
Como a mucha gente, la pandemia me borró todo lo que conocía como normalidad. Y al mismo tiempo me devolvió dos cosas que nunca había tenido en mi carrera: tiempo y presencia. Las valoré de inmediato.
Ver crecer a mis hijos. Estar el día en que mi familia me necesita. Ir a dejarlos y a buscarlos al colegio. Almorzar juntos. Tomar una siesta. Eran cosas nuevas y no estaba dispuesto a perderlas.
Once meses sin ingresos
ChatGPT salió en noviembre de 2022 y yo lo vi llegar desde adentro de una pega que no estaba funcionando. Entendí rápido que venía otro cambio y que esta vez era más grande que los anteriores. No iba a perder la oportunidad de subirme primero a esa ola.
En abril de 2023 me echaron. Al tiro supe que quería armar algo mío, tanto que constituí NLACE ese mismo mes. Sumaba dos despidos en tres años, a los 39 y a los 41, con veinte años de carrera encima.
Lo primero fue definir qué NO quería hacer y en qué no iba a transar. Después vino lo difícil: pensar en lo que sí sabía hacer y cómo volverlo rentable.
Armé NLACE con ideas de lo que no quería hacer, sin tener claro lo que sí quería hacer. Esa falta de definición se notaba cuando salía a presentar mis servicios. Decía que trabajaba con inteligencia artificial y quería tener una agencia de inteligencia artificial, sin saber qué significaba eso ni cómo se implementaba. Nadie entendía nada y yo quedaba con la sensación de estar vendiendo una visión en vez de un servicio.
Desde ahí empecé a gastarme los ahorros, porque no vendía nada. Pasé once meses sin recibir un peso de NLACE, con la idea del proyecto y tratando de vender lo que hacía. En ese tiempo postulé a un par de trabajos. Nunca me llamaron.
Aprender cuánto cuesta tu trabajo
Esos tres años fueron de emprendimiento duro. Me sentí emprendedor como nunca antes, tratando de armar un producto, buscando ayuda en la parte financiera, vendiendo y ejecutando al mismo tiempo. De ahí salió lo más difícil de aprender: cuánto cuesta tu trabajo, creerte el cuento y valorarlo.
Todavía estoy aprendiendo y me cuesta. Me gusta lo que hago y cada vez lo hago más rápido, entonces tiendo a distorsionar el valor percibido de lo que cuesta. Confié en clientes porque necesitaba el trabajo. Algunos cortaron el servicio de un día para otro sin avisar. Otros nunca pagaron lo que debían, y todavía hay quienes no pagan.
Con los socios me pasó lo mismo. Siempre he creído en armar equipo, y en esa época salí a buscar socios desde la urgencia, no desde un proyecto claro. A un amigo le ofrecí sociedad y me arrepentí, porque NLACE no era su prioridad y yo no tenía derecho a esperar que lo fuera. Esa amistad terminó ahí. Al equipo lo armé sobre supuestos, y los supuestos se cayeron.
Por ahí pasaron personas, amigos y clientes a los que siento que defraudé antes de saber qué quería de NLACE.
El plan era crecer
Este año empezó con la meta de crecer. Más gente, más cuentas, más facturación. En la práctica me reduje. Buena parte de ese plan dependía de supuestos, clientes que iban a firmar y proyectos que iban a llegar, y los supuestos no se cumplieron.
El equipo se deshizo. Éramos cinco en la operación y quedamos tres. Fue uno de los momentos duros del año, y esa sensación no era la primera vez que la tenía. Solo me queda mi familia y mi trabajo para aferrarme y seguir adelante.
¿Dónde está el error? ¿En haber confiado en las personas? Si es así me voy a seguir equivocando siempre y nunca voy a aprender.
Justo ahí llegó un encargo que nunca habíamos hecho, un ecommerce, y además para el primer cliente internacional. Tenía el miedo típico de saber que podía hacerlo y no haberlo hecho antes. Lo asumimos entre los que quedábamos y las ventas de ese cliente subieron en tiempo récord.
Ese trabajo me mostró de qué éramos capaces. Todavía nos lo deben y lo que me queda es el orgullo de haber hecho un trabajo sobresaliente.
Somos menos y vendemos más.
Una productora digital
Ese proyecto me ordenó la cabeza. Llevo casi veinte años en esto. Antes un sitio web tomaba meses, después tomó semanas, y hoy estamos haciendo dos y tres sitios por semana con mejor calidad que antes. Eso me tiene fascinado. Entregamos un producto a una velocidad que no había visto nunca, y pasa por el proceso y por saber usar la inteligencia artificial.
Quiero creer que el 70% de eso es la experiencia y el 30% la herramienta. Cuando parto un proyecto sé exactamente cómo ejecutarlo bien.
Ahí está el foco que tanto busqué. NLACE es una productora digital, una empresa de servicios tecnológicos. Los clientes no compran el cómo, compran el resultado, y me demoré tres años en asumirlo y valorarlo. Viniendo de donde vengo, medir el trabajo por lo que le pasa al cliente y no por lo que luce en un portafolio se siente como estar en el lugar correcto.
De paso cambió mi día a día. Pasé de ser ejecutivo a ejecutar. Hoy dedico buena parte de la jornada al vibe coding y me encanta. Lo compatibilizo con mis otras tareas y me permite estar siempre actualizado.
Hoy trabajamos con clientes en Chile, Estados Unidos y Reino Unido. Estoy seguro de que lo que hacemos está al nivel de los mejores del mundo.
También cambió la parte comercial. Después de los clientes que no pagaron, el 2026 me moví de fee mensual a proyectos, con un pago por adelantado y el resto contra entrega. Así hemos podido ordenar la caja.
Los números de los mayores de 40
Escribo esto y no dejo de pensar en lo difícil que es reinventarse a esta edad. También en que no hay alternativa. La estadística acompaña la sensación. El FMI calcula que casi el 40% de los empleos del mundo está expuesto a la inteligencia artificial, y en las economías avanzadas la cifra llega al 60%. Esta ola golpea trabajos calificados, los de oficina.
En Chile echan menos a los mayores de 45. Al que sale le cuesta volver. La Tercera lo llamó una crisis silenciosa entre los profesionales de 45 a 55 años, y las personas entre 50 y 59 tardan en promedio 10,2 meses en encontrar trabajo. Yo estuve once meses sin ingresos, casi el mismo número, con la diferencia de que no estaba buscando.
La razón la explica sin adornos un reportaje de DW: los mayores de 40 salen caros para las corporaciones, no son nativos digitales y se reemplazan con agentes de IA o con un consultor externo. En ese mismo reportaje, Adrian Herzkovich, que fundó 40+ League después de que lo despidieran a los 45 de la vicepresidencia de una corporación de medios, describe la trampa: gastar los meses siguientes buscando un empleo igual al que perdiste. Yo postulé un par de veces y paré ahí.
A los 45
Después llegaron las oportunidades. Levantamos Simon Thinks a partir de un problema que no pudimos resolver. Nos enamoramos del problema y creímos en la teoría que nos serviría para validar la hipótesis. Simon salió de NLACE, agarró vuelo propio y a los seis meses ganó 140 mil dólares de financiamiento del Estado para validar esa hipótesis.
Hoy somos tres en la operación directa, seis en total, y trabajamos mejor que nunca. NLACE factura más de cien mil dólares al año, poquísimo, y no alcanza para cumplir las expectativas. Por eso debemos crecer.
Por primera vez en mi carrera me siento cien por ciento realizado, feliz con lo que hago y lleno de ideas por delante.
Estoy seguro de que al terminar el 2026 estaré con cuatro trabajos formales, NLACE, Simon Thinks y clases en un par de universidades, y el 2027 va en consolidar el modelo y crecer. Mi plan es llegar a los 50 años con la tranquilidad de proyectar mi trabajo y seguir aprendiendo.
Que te vaya bien y no tener plata
No soy un caso de éxito. Todavía no estoy bien económicamente. En mi familia aprendimos a vivir el día a día, y eso es lo que más me urge cambiar en el corto plazo.
Herzkovich calcula que llegar a un ingreso propio que cubra tu costo de vida toma no menos de 18 meses. Cuando NLACE empezó a facturar, a los once meses, esa plata no cubría nada de mis necesidades, fue un empujón para seguir vendiendo. Todavía no lo logro, por eso digo que no tengo plata.
Sigo con problemas por resolver con el banco. Hoy es un tema transaccional y estoy seguro de que será cosa de tiempo. Igual me queda dando vueltas una cosa: cuando estaba bien los bancos me ofrecían de todo, mucho más de lo que necesitaba, y no se me ocurrió usarlo a mi favor. Ahora que los necesito de verdad me cierran la puerta, porque evalúan el pasado y no el proyecto. En el reportaje de DW cuentan que en Alemania pasa lo mismo, al empleado le prestan contra su liquidación de sueldo y al emprendedor le piden dos años de balance.
Vivir así me hizo más humilde. También me enseñó una distinción que casi nadie hace: decir que hoy no tengo plata es una cosa, pero pensar que nunca voy a tener es otra. Lo mío es transitorio y lo sé.
A la gente le cuesta escucharlo. No saben cómo reaccionar, no lo dimensionan, cambian de tema. Que a un hombre de más de 40 le vaya bien en el trabajo y al mismo tiempo no tenga plata es algo que no entra. Lo cuento porque escribir esto me hizo pensar en qué cambiaría, y en la práctica no habría cambiado nada.
Lo más caro es el tiempo y el espacio
Vivo los desafíos, aprendo y sigo adelante porque estoy convencido del proyecto y de mí. Eso antes estaba separado. Confiaba en los resultados que el equipo podía lograr y no necesariamente en mí. Hoy confío cien por ciento en mis capacidades.
No creo en la meritocracia. Estar donde estoy tiene mérito y lo reconozco, tener visión, foco y motivación propia. También partí con privilegios que otros no tuvieron, y eso pesa igual o más que el mérito.
Sé que el tema de la familia suena a cliché. Una vez escuché que lo más caro era el tiempo y el espacio. Medido contra mi ambición, esas dos cosas ya las conseguí. A alguien más exitista mis resultados le van a parecer ridículos, y estoy conforme con lo que llevo. Tengo ambición y ganas, y para eso quiero seguir trabajando.
Expectativas mediocres para un emprendedor. Un abismo de superación para mí.


