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IA

La confianza es el último trabajo humano

Cristian Labarca
La confianza es el último trabajo humano

En mayo de 1997, la supercomputadora Deep Blue de IBM derrotó a Garry Kasparov, el mejor ajedrecista del mundo. Ese día el ajedrez humano debió empezar a morir. Ocurrió lo contrario. Casi treinta años después, el ajedrez competitivo convoca más espectadores que nunca, los grandes maestros son celebridades internacionales y millones de personas pagan por ver a humanos jugar peor de lo que juega cualquier motor gratuito en un teléfono. Nadie ve ajedrez para admirar jugadas óptimas. Vemos la tensión, los errores, las remontadas. Nos conmueve lo humano, no la ejecución perfecta.

Ese ejemplo aparece en la reflexión final de Escenarios y desafíos de los futuros del trabajo, un informe de OTIC SOFOFA y el Consejo Futuro del Trabajo que reunió a más de cincuenta personas del mundo empresarial, público y académico en Chile. El documento proyecta 35 escenarios posibles para el trabajo. Siete tratan directamente sobre inteligencia artificial. Y su conclusión es la idea más incómoda y más útil que ha dejado un informe local en mucho tiempo: cuando los sistemas hagan el trabajo cognitivo, lo que quedará para las personas no será pensar mejor. Será responder.

El escenario que ya empezó

Entre los futuros que describe el informe hay uno de corto plazo y alta probabilidad: la IA integrada de punta a punta en la cadena de valor, asumiendo análisis de datos, generación de contenido y parte de las decisiones operativas. No reemplaza al trabajador, lo complementa. Ese escenario no es proyección. Es una descripción razonable de cualquier empresa que adoptó agentes de IA en serio durante el último año.

El escenario siguiente es el interesante. El informe lo llama "humanos como rostros": la IA asume la mayoría de las tareas cognitivas y las personas se concentran en funciones donde la interacción humana directa es el punto, como ventas, representación corporativa y relaciones públicas. La fuerza laboral se divide entre quienes dan la cara y quienes sostienen los sistemas por detrás, con pocos roles intermedios.

Si eso suena a ciencia ficción, los datos de adopción dicen otra cosa. El Work Trend Index 2026 de Microsoft, construido sobre señales de productividad de Microsoft 365 y una encuesta a 20.000 trabajadores en diez países, registró un crecimiento de 15 veces en agentes activos en un año. La absorción del trabajo cognitivo por sistemas ya no es una tendencia. Es infraestructura instalada.

Por qué confiamos en personas

La respuesta del informe a la pregunta de qué queda para los humanos no es la habitual. No habla de creatividad ni de pensamiento crítico, los refugios clásicos de estos documentos. Habla de confianza, y la explica con una precisión poco común:

Confiamos en las personas porque sabemos que pagan un precio por sus errores, porque tienen una reputación que cuidar, porque sienten la presión moral y social de actuar con responsabilidad.

Ahí está el punto. No confiamos en las personas porque sean más capaces. Confiamos porque arriesgan algo. Un sistema de IA no pierde prestigio, no siente vergüenza, no carga con las consecuencias de una mala recomendación. Su error no le cuesta nada a él. Le cuesta a quien lo operaba.

El informe agrega un giro fino. Alguien argumentará que pronto la IA imitará a la perfección las señales de cercanía y empatía, con video hiperrealista y voces indistinguibles. Esa posibilidad no debilita el argumento, lo refuerza. Mientras más barata sea la imitación de las señales de confianza, más valiosa se vuelve la confianza real, la de alguien de carne y hueso poniendo su palabra en juego. Lo escaso nunca fue el gesto. Es el respaldo detrás del gesto.

Los datos de 2026 apuntan en la misma dirección

Esto se comprueba con datos frescos, y los hay. Un estudio de SurveyMonkey sobre 2.017 adultos en Estados Unidos, publicado en febrero de 2026, muestra la magnitud de la preferencia humana: 79% prefiere interactuar con una persona antes que con un agente de IA y 89% cree que las empresas deben ofrecer siempre la opción de hablar con un humano. El detalle por situación es más revelador: en disputas financieras o de facturación, 85% quiere asistencia humana y apenas 5% acepta IA. Para consejo de inversión, 68% declara incomodidad con la IA. Para consejo médico, 69%. Mientras más pesa la decisión, más se exige a la persona.

La lectura fácil sería atribuirlo a la mala calidad de los bots. Los datos dicen lo contrario. Según el estudio 2026 de Invoca sobre 700 consumidores en compras de alto riesgo, la proporción de personas cuya experiencia empeoró por la IA cayó de 29% a 18% en un solo año. La IA atiende cada vez mejor y la preferencia por humanos en los momentos importantes casi no se mueve. Eso confirma la tesis del informe chileno: el asunto no es la calidad de la respuesta. Es quién responde por ella.

La confianza, de hecho, ya tiene precio de mercado. La mitad de los consumidores cancelaría un servicio si descubriera que su operación es solo IA, y 42% pagaría extra por acceso a representantes humanos. Del otro lado del mostrador, la desconexión es seria: según Twilio, 83% de los líderes de negocio cree que la IA conversacional reemplazará a los agentes humanos. Los ejecutivos apuestan a una sustitución en la cual sus propios clientes no creen.

Y dentro de las organizaciones pasa algo parecido. En el mismo Work Trend Index, 86% de los usuarios de IA declara tratar el resultado de la máquina como punto de partida y no como respuesta final, quedándose con la responsabilidad del pensamiento. Las dos habilidades humanas más valoradas en la era de agentes resultaron ser el control de calidad del output de IA y el pensamiento crítico. Ni una sola mención a producir más rápido. El valor migró de generar respuestas a responder por ellas.

Confiar es una decisión

Antes de aterrizar esto en la empresa, una nota en primera persona. Yo confío. En las personas, en las instituciones, en las empresas. Me han fallado más de una vez y el saldo sigue siendo favorable, porque lo que se construye confiando supera por mucho lo que se pierde cuando alguien no responde. No es ingenuidad. Es una forma de operar. La confianza es la infraestructura invisible sobre la que descansa todo lo demás: Kenneth Arrow, premio Nobel de economía, escribió en 1972 que prácticamente toda transacción comercial lleva dentro un elemento de confianza. Sin ella, cada acuerdo necesitaría un contrato, cada contrato un abogado y cada apretón de manos un testigo. Confiar es lo que nos ahorra ese mundo.

Y creo que este valor pesa más hoy que hace diez años. En una época donde cualquier voz se puede clonar y cualquier rostro se puede fabricar, confiar dejó de ser el estado natural de las cosas y pasó a ser una decisión consciente. Quien la toma y la honra ofrece algo que ninguna máquina tiene. Quien la recibe lo nota. Las relaciones comerciales que duran décadas, las sociedades que sobreviven a las crisis, los equipos que rinden: todos descansan en personas que decidieron confiar entre sí y responder por ello. La tecnología va a cambiar casi todo lo que hacemos. Esto no.

Qué significa esto para tu empresa

Nada de lo anterior es nostalgia. La traducción para tu empresa es concreta y es una decisión de diseño: qué le entregas a los sistemas y dónde pones a las personas.

Hay dos lecturas equivocadas. La primera es automatizar todo, incluida la relación. Los datos de cancelación de arriba muestran el costo de esa vía: ahorras en atención y pagas en clientes. La segunda es negarse a automatizar para proteger el trato humano, condenando a tu equipo a gastar sus horas en tareas donde lo humano no aporta nada.

La lectura correcta invierte la ecuación. La IA asiste decisiones humanas, no las reemplaza. Los sistemas absorben el trabajo cognitivo de fondo, el análisis, la búsqueda, la preparación, el seguimiento, para liberar a las personas justo en los momentos donde la confianza se construye. El vendedor llega a la reunión con el historial completo de la cuenta procesado y resumido, y dedica su energía a la conversación. El agente de postventa resuelve lo rutinario en segundos, y cuando el caso es delicado lo toma una persona con todo el contexto en pantalla. La persona no compite con el sistema. El sistema existe para hacer valer su firma.

Esa arquitectura tiene una consecuencia comercial directa. Si la confianza es lo escaso, cada punto de contacto humano de tu empresa vale más de lo aparente en el organigrama. La pregunta operativa deja de ser cuántas personas necesitas para atender y pasa a ser en qué momentos exactos la presencia de una persona cambia el resultado, y qué sistema necesita detrás para llegar entera a ese momento.

Quién pone la cara

El informe de SOFOFA imagina futuros donde la IA ejecuta casi todo el trabajo cognitivo de las empresas. Sus autores concluyen que las organizaciones seguirán a personas de todos modos, porque queda algo irremplazable: encarnar la confianza, sostener una cultura, representar una visión. Los datos de 2026 muestran esa preferencia intacta incluso mientras la IA mejora.

La pregunta para tu empresa no es cuánto de la operación va a ejecutar la IA. Esa respuesta ya se sabe: cada vez más. La pregunta es quién pone la cara cuando la decisión importa, y si esa persona va a llegar a ese momento con un sistema entero trabajando para ella o agotada por el trabajo que el sistema debió hacer por ella. La confianza no se automatiza. Se respalda.

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